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Siempre me ha gustado estar en casa. De pequeña, podía estar días enteros encerrada en mi habitación, inventándome mi propio mundo, llenando las páginas de mi diario, bailando frente al espejo, arropada por cuatro paredes que me protegían de todo, y de todos.

A medida que fui creciendo, mis amigos acompañaban las aventuras que transcurrían en mi casa. El número 3 de la rue Sainte Beuve veía desfilar cantidad de alumnos del lycée Montaigne. Al salir de clase, mis actividades preferidas, lejos de tener lugar en la calle, morían y nacían en el salón, junto a mi madre y nuestra cita cotidiana con el programa Nulle part ailleurs, junto a mi mejor amigo Abel con el que me pasaba horas hablando en mi cuarto, junto a mis amigas Amélie, Valentine, Diane, Joy, cuando dormíamos en su casa o en la mía.

Tal vez sea porque en París, muchas cosas ocurren de puertas adentro. O tal vez no. La vida española brilla al aire libre. La mayoría de las cosas ocurren en la calle (cosa que, ¡ojo!, también me encanta), y las casas son principalmente lugares de descanso. Justamente ahí es dónde nace una de mis mayores paradojas: en Madrid, me cuesta descansar. Adoro la paz de mi hogar, pero me incomoda quedarme encerrada demasiadas horas. La disfruto a pequeñas dosis, pero siempre termino pisando la calle.

Y es que Madrid no es París, y la energía de esta ciudad, de su gente, solo se palpa si sales a buscarla. Buenas noticias pues: llega el calor, y toca pasearse.

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